El próximo domingo es una fecha importante en el País Vasco. Serán las primeras elecciones autonómicas sin la representación del brazo político de ETA, tras las recientes ilegalizaciones de Democracia 3 millones y Askatasuna. Además, se da la circunstancia de que el Partido Nacionalista Vasco (PNV), después de 30 años mandando en la presidencia vasca –desde Carlos Garaikoetxea en el 79 hasta Ibarretxe en la actualidad- puede perder el sillón de Ajuria Enea.
Las elecciones se presentan marcadas por el último atentado terrorista, que destrozó la sede del PSE en Lazkao, y que trajo como consecuencia el ataque de un joven –provisto con una maza- contra una herriko taberna, sede social de la izquierda abertzale. Esta reacción, totalmente comprensible desde nuestro punto de vista y el de los ciudadanos, no se puede justificar de ninguna de las maneras. Pero lo que ha demostrado esta rebelión es el sentir de muchos ciudadanos vascos, que están hartos de tener que vivir al amparo de unos cobardes que sólo son hombres cuando van armados o en manada.
Quizás por eso, las encuestas dan un empate técnico entre el Partido Socialista (PSE) y el PNV. Muchos ciudadanos piensan que se puede hacer más para combatir el problema vasco, y ven al actual Lehendakari bastante desgastado para gobernar otros cuatro años. El PSE ya ha descartado cualquier posible alianza con los independentistas. Ha llegado la hora del cambio, de que lleguen nuevos aires a Euskadi y de que el PNV pruebe a estar unos años en la oposición para tratar de definir sus ideales nacionalistas en pleno siglo XXI.
David Sánchez Moyano

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